Damian Maxson
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Fe

El contraste que lo revela todo

Mi primer viaje a Cuba fue un choque. Solo al mirar por segunda vez, y más allá de la pobreza, descubrí una lección que cambió mi vida para siempre.

Por Damian Maxson · 23 de julio de 2026
El contraste que lo revela todo

Cuando pisé suelo cubano por primera vez, mi primer pensamiento fue: «Quiero salir de aquí». Estaba conmocionado. Completamente desprevenido, me golpeó la realidad de un país marcado por sesenta años de bloqueos políticos y económicos.

Todo parecía estar en ruinas. Los magníficos edificios coloniales de La Habana eran solo caparazones desmoronados de lo que fueron. Por todas partes veía las huellas del estancamiento, una pesadez que parecía cubrir toda la isla. Era la primera vez que veía con mis propios ojos lo que un sistema comunista significaba en la vida cotidiana de las personas. Largas filas frente a tiendas casi vacías. Una infraestructura que me recordaba a los países más pobres de África.

Incluso como turista, te sentías estigmatizado. Se percibía la separación invisible, el mundo artificial creado para los visitantes. Pero ni siquiera esto podía ocultar la escasez omnipresente. Estaba atrapado en mi propio juicio, solo veía lo roto, lo difícil, lo negativo. No entendía el mundo y solo quería volver a mi ordenada Suiza.

El regreso forzado

Probablemente nunca habría vuelto a volar a Cuba. Pero la vida tenía otro plan. Mi pareja, la mujer con la que quiero compartir mi vida, es de allí. El amor me obligó a regresar. Viajé por segunda vez, esta vez no como turista, sino como parte de una familia.

Llegué con resistencia en el corazón. Esperaba de nuevo la carga, la escasez y la desolación. Me preparé para las dificultades que ya conocía. Pero como tenía que quedarme, como no podía simplemente huir, empecé a mirar con más atención. Tenía que hacerlo.

Y entonces vi a la gente

Esta segunda mirada lo cambió todo. Como mi enfoque ya no estaba en las fachadas desmoronadas y el suministro deficiente, de repente me di cuenta de la gente. Ya no solo veía lo que no tenían, sino cómo manejaban lo que sí tenían. Vi cómo vivían.

¡Y vivían! Se sentaban en el umbral de sus puertas, hablaban entre ellos, reían a carcajadas. Los niños jugaban en la calle con las cosas más sencillas, pero irradiaban una alegría incontenible. La música salía de las casas. Era una imagen que contrastaba fuertemente con mi primera impresión. Estas personas, que a mis ojos no poseían nada, parecían más ricas que muchas personas en Europa.

En Suiza y en Europa, a menudo siento una presión constante. La presión de rendir más, de tener más, de estar al día. Un estrés incesante que cansa a la gente y a menudo la hace infeliz. En Cuba vi lo contrario. No es que allí no haya estrés —su vida cotidiana es una lucha constante—. Pero tenían una alegría de vivir, una capacidad para disfrutar el momento, que a menudo echo de menos en nuestro entorno. Han aprendido a vivir con lo mínimo, pero a sacar el máximo de vida de ello.

Lo que realmente importa

Curiosamente, fue Cuba quien me enseñó a contentarme con menos. Este fuerte contraste entre la escasez material y la abundancia humana reveló una mentira en mi propia vida. La mentira de que la felicidad y la satisfacción dependen de las circunstancias externas, de las posesiones o de una vida cotidiana sin problemas.

Me di cuenta de lo que realmente importa: las personas, las relaciones, la comunidad. Cuando todo lo que nos distrae y lo que damos por sentado se desmorona, entonces se revela lo que realmente sostiene. Los cubanos saben lo que significa la provisión básica. Pero también saben que la provisión del alma no se encuentra en las tiendas.

Esta experiencia ha profundizado mi fe. Me ha hecho humilde. A veces, Dios quizás tenga que llevarnos a una situación que nos choque y nos desafíe, para que podamos reconocer las cosas esenciales. Solo en contraste con la oscuridad reconocemos la luz. Solo en la escasez aprendemos a apreciar la plenitud que no es de este mundo.

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Filipenses 4:13

Este versículo cobró un rostro para mí en Cuba. Vi personas que viven esta verdad todos los días. No porque sean particularmente piadosas, sino porque la vida las obliga a ello. Y en ello reside una fuerza y una belleza increíbles.

Hoy me gusta viajar a Cuba, aunque la situación ha empeorado desde entonces. Pero ahora veo el país con otros ojos. Ya no solo veo la decadencia, sino la resiliencia. Ya no solo escucho las quejas, sino también las risas. Y se me recuerda que la mayor alegría a menudo se encuentra donde menos la esperamos. A veces se necesita el contraste para que las cosas vuelvan a aparecer.

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