He creído durante mucho tiempo que la batalla se libraba en la mente, en los pensamientos. Que mi espíritu era el problema, demasiado débil, demasiado indeciso, demasiado propenso a las tentaciones. Pero esa fue una de las mayores decepciones de mi vida.
La verdad, que tuve que aprender dolorosamente después de cuarenta años de adicción, es mucho más simple y a la vez más impactante: la verdadera alteración reside en nuestra carne, en nuestro cuerpo. Nuestro espíritu y nuestras emociones están tan fuertemente ligados a esta casa perecedera. Tenemos la impresión de que somos los dueños de nuestra propia vida, pero somos constantemente arrastrados por las necesidades de nuestro cuerpo como una marioneta.
Este control no solo se produce a través de lo que comúnmente entendemos como "lujuria de la carne" en el sentido sexual. Es mucho más amplio. Todo lo que apela a nuestro sistema de recompensa —ya sea el sofá cómodo, la bebida dulce, la distracción de una pantalla— ejerce un poder silencioso sobre nosotros. El cuerpo clama por la felicidad rápida, el camino fácil. Y la mayoría de las veces obedecemos sin darnos cuenta.
Tras la pista de la seducción silenciosa
Esto nos convierte en víctimas de nuestra propia biología. Hacemos lo que nos hace sentir bien, sin considerar los costos a largo plazo. Y evitamos lo que es desafiante, pero que nos haría crecer. Una conversación difícil se pospone, un trabajo necesario queda sin hacer. En cambio, hay otro episodio de la serie favorita. Una pequeña, insignificante decisión, así parece.
Pero estas pequeñas decisiones se suman. Dejan huellas profundas en nuestro comportamiento. Con cada rendición, el camino del placer se vuelve más familiar, el camino de la resistencia más empinado y extraño. Cuanto más viejo se es, más se solidifica este patrón. Uno se convierte en espectador de su propia vida, guiado por los impulsos de un cuerpo que solo conoce el ahora.
Sé de lo que hablo. He vivido así durante cuarenta años. Toda mi existencia estuvo marcada por ceder a este impulso interno. Fue una vida de adicción plena, aunque desde fuera quizás no siempre lo pareciera. Una vida que iba de momento en momento, siempre a la caza del siguiente pequeño subidón, de la siguiente anestesia.
Mi reflejo: una marioneta
En algún momento llega el punto en que uno se mira al espejo y ya no se reconoce. Se ve a una persona cuyos hilos son tirados desde fuera. Por la lujuria, por el miedo al dolor, por la costumbre. Uno quiere hacer lo correcto, sabe en lo más profundo de su ser lo que debería hacer, y sin embargo, la mano se extiende como por sí sola hacia lo que daña.
Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais. Gálatas 5:17
Estas palabras de la Biblia no eran para mí una fórmula teológica, sino la descripción de mi día a día. Una guerra interna que perdía una y otra vez. El deseo de libertad estaba ahí, pero la fuerza faltaba. Las cadenas eran demasiado fuertes. Estaba atrapado en mi propia carne.
Y entonces llegó el momento
La verdadera libertad no se encuentra esforzándose más. No por la fuerza de voluntad, no por mejores técnicas de autocontrol. Eso sería solo otro intento de vencer la carne con los medios de la carne. Una empresa inútil.
El cambio llegó para mí cuando dejé de luchar y comencé a aferrarme al Único que ya había ganado esta batalla. En la oración, en la conexión silenciosa con Jesús, encontré una estabilidad que no venía de mí mismo. Fue una fuerza externa que se filtró en mi interior.
Jesús no simplemente corta los hilos y nos deja caer. Él mismo los toma en sus manos. Nos libera porque nos ofrece una nueva dependencia: la dependencia de él. Y esta dependencia conduce a una libertad insospechada. Los viejos deseos pierden su poder, no porque desaparezcan, sino porque una nueva y mayor anhelo despierta en nosotros: el anhelo por él.
El Verbo se hizo carne
Es una gracia inmerecida poder llevar una vida libre. Después de décadas de ataduras, cada día en el que ya no soy esclavo de mis impulsos es un puro regalo. Es posible ser libre. Completamente.
Al final, para mí hay una verdad profunda que lo pone todo patas arriba. Al principio era el Verbo. Y el Verbo se hizo carne. No al revés. Dios no empezó con el hombre e intentó hacerlo espiritual de alguna manera.
No, el origen está en el Espíritu, en el Verbo, en Jesús mismo. Él vino a nuestro mundo roto y carnal para sanarlo desde dentro. Nuestra esperanza no es la huida del cuerpo, sino la redención del cuerpo por el Espíritu de aquel que se hizo carne por nosotros. Solo él nos hace verdaderamente libres.
