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Miedo y dolor: dos caras de la misma moneda

El dolor físico y la angustia del alma hablan el mismo lenguaje. Quien aprende a escuchar en vez de anestesiar, descubre ante Cristo un camino totalmente nuevo.

Por Damian Maxson · 23 de octubre de 2026
Miedo y dolor: dos caras de la misma moneda

Un pinchazo agudo en la nuca justo cuando la pantalla del teléfono vuelve a iluminarse con otro mensaje. O esa opresión sorda en el pecho, como si alguien te hubiera ceñido una cinta alrededor de las costillas y apretara con fuerza.

Solemos tratar ambas cosas de forma completamente aislada. Para una tenemos pastillas en el botiquín del baño; para la otra, distracciones, horas extra en el trabajo o el recurso rápido del mando a distancia. Buscamos librarnos del síntoma —y cuanto antes, mejor— para poder seguir con el día.

Sin embargo, el dolor y el miedo son en realidad dos caras de la misma moneda. Emplean el mismo circuito dentro de nosotros. No son fallos en los engranajes, sino un lenguaje claro e inequívoco de nuestro propio cuerpo.

Cuando el mensajero se convierte en enemigo

A nadie le gusta el dolor. Nadie despierta por la mañana celebrando una punzada en la rodilla o un ardor de estómago. Pero el dolor está ahí por una razón elemental: nos avisa de que se ha cruzado un límite.

Quien se limita a tapar el dolor con fármacos para seguir levantando la misma carga pesada no se hace ningún favor. Es como quitarle la bombilla al testigo de avería del coche mientras el motor ya echa humo. Por supuesto que los analgésicos cumplen una función médica legítima. Pero si solo sirven para forzarnos a seguir adelante cueste lo que cueste, el cuerpo terminará por echar el freno de mano.

Con la angustia ocurre exactamente lo mismo. El miedo es el correlato anímico del dolor físico. No surge de la nada: señala dónde nos sentimos amenazados, en qué aspectos nos vemos desbordados o por qué caminos transitamos que nos dejan sin aliento.

Si intentamos reprimirla, sucede algo previsible: se va acumulando en la sombra. Crece en silencio hasta que un día estalla con el doble de fuerza, ya sea en forma de ataque de pánico o como un agotamiento profundo.

Dónde está el límite

En los últimos años se ha insistido mucho en la necesidad de escuchar el propio interior. Pero aquí surge con facilidad una deriva peligrosa. Antes de que nos demos cuenta, acabamos en métodos que casi idolatran el cuerpo o pretenden cargarlo con energías espirituales difusas.

De lo que hablo es de algo mucho más sobrio. Se trata de un examen sereno y sincero. Noto dónde está agarrotado mi cuerpo, percibo dónde se concentra la tensión y me pregunto en silencio qué intentan decirme este dolor o esta inquietud. Nada más y nada menos.

Y en ese punto la mirada no se detiene en mí mismo. No convierto esto en una meditación ensimismada sobre mi propio yo. Lo que descubro en mi interior lo tomo y lo llevo directamente ante Jesús en oración.

Le digo: «Señor, aquí me duele. Aquí estoy atascado. Aquí tengo miedo a lo que traerá el día de mañana». Esto no tiene nada de esoterismo; es fe vivida, una fe que no desprecia el cuerpo, sino que lo reconoce y lo cuida como creación de Dios.

Muros alrededor del corazón

Hay personas que a lo largo de su vida han acumulado tantas heridas que toman una determinación: nunca más. Y levantan gruesos muros de piedra alrededor de su corazón, hilera tras hilera.

Rara vez se hace por maldad; casi siempre es un puro intento de supervivencia. La lógica parece impecable: si no dejo que nada me toque, nadie podrá volver a herirme. Pero esa cuenta nunca sale bien.

Mientras guardé silencio, se consumieron mis huesos entre mis gemidos todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vigor se fue secando como al calor del verano. Salmo 32,3-4

David describe con precisión ese estado. A quien todo lo calla y se atrinchera tras sus muros, se le secan los huesos por dentro. Las murallas no solo dejan fuera el dolor: también encierran y ahogan la vida.

Quien endurece su corazón pierde el contacto consigo mismo y con los demás. Se vuelve inaccesible, sordo a sus propias señales de alarma y, al final, profundamente solitario. Es ese aislamiento autoimpuesto el que muchas veces enferma más que la herida original.

Lo que cargamos y lo que no

Conviene precaverse de simplificaciones erróneas. No todo sufrimiento se debe a una mala conducta o a un corazón endurecido. Vivimos en una creación caída.

Hay enfermedades inscritas en nuestros genes. Llevamos a cuestas cargas ajenas a nuestra voluntad, herencias de este mundo roto. Quien pretenda convencer a un enfermo grave de que basta con cambiar de actitud interior actúa con crueldad e ignora por completo la realidad bíblica.

Pero muchas dificultades de nuestra vida diaria sí surgen de la sobreexplotación. De pasar por alto nuestros propios límites una y otra vez. De la soberbia de creer que se puede vivir durante años en guerra contra el propio cuerpo sin que tarde o temprano nos pase la factura.

Cuando dejamos de ver el dolor y el miedo como molestos intrusos, la mirada cambia. Podemos detenernos. Podemos mirar de frente. Y podemos depositar ante la cruz la carga que el cuerpo nos señala, en vez de seguir arrastrándola en silencio.

Sobre el autor

Damian Maxson escribe desde su experiencia personal sobre la fe, las crisis, el cambio y el camino de regreso a Jesucristo.

Más sobre Damian Maxson

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