Damian Maxson
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Vida

Por qué queremos controlarlo todo y aun así no encontramos paz

Nuestra vida gira cada vez más rápido, hasta que el cuerpo y el alma sufren. Pero la salida de esta espiral está más cerca de lo que pensamos.

Por Damian Maxson · 14 de agosto de 2026
Por qué queremos controlarlo todo y aun así no encontramos paz

Conozco esa sensación cuando el carrusel gira cada vez más deprisa. La vida cotidiana es un torbellino de citas, expectativas e información que nos bombardea sin cesar. Uno intenta seguir el ritmo, tenerlo todo bajo control, no perderse nada. Pero en lugar de una sensación de soberanía, lo que aparece es un pánico silencioso. Una inquietud interior que no desaparece ni siquiera por la noche.

Se siente como ir en un coche que baja a toda velocidad por una carretera sinuosa. Uno se aferra al volante, con los nudillos blancos, y espera no salirse de la vía. En algún momento, uno se marea. Precisamente esa náusea es la que a veces siento a nivel anímico. Son esos ataques de ansiedad repentinos que parecen surgir de la nada, un corazón acelerado, una sensación de agobio que te paraliza.

Creemos que solo tenemos que planificar mejor, ser más eficientes, organizar nuestro tiempo con mayor rigor. Perseguimos el control porque creemos que nos dará seguridad y paz. Pero ocurre exactamente lo contrario. Nuestro intento de dominar la vida es la verdadera fuente de nuestra inquietud. Nos aferramos a algo que se nos escurre entre los dedos como la arena.

Huida hacia adelante

Cuando el silencio se vuelve demasiado ruidoso, buscamos la distracción. Una película, la próxima serie, el desplazamiento interminable por las redes sociales. Vivimos en una sociedad que nos entretiene sin parar. Cada momento vacío debe ser llenado. Lo importante es no tener que estar a solas con nosotros mismos. Porque en el silencio nos encontraríamos con el eco de nuestra propia alma, y eso nos asusta.

Esta sobreestimulación constante nos embota. Desaprendemos a percibir lo suave, lo delicado, lo insignificante. Un paseo por el bosque se convierte en un logro deportivo, medido en pasos y calorías quemadas, en lugar de una inmersión en la creación. Ya no escuchamos el susurro de las hojas, ya no sentimos realmente el viento en la piel. Estamos presentes, pero no estamos ahí.

Funcionamos en lugar de vivir. Gestionamos nuestra vida en lugar de recibirla. El entretenimiento constante es como un sustituto barato de la verdadera alegría, una droga ruidosa contra el vacío interior.

Lo que perdemos en el camino

En esta huida, perdemos el contacto. El contacto con nosotros mismos, con las personas que nos rodean y, en última instancia, también con Dios. Nuestras relaciones se vuelven más superficiales porque nos falta la energía para una verdadera empatía. Ya no tenemos reservas para involucrarnos de verdad en el sufrimiento o la alegría de otra persona.

Nuestro cuerpo y nuestra alma tienen un ritmo que ignoramos violentamente. Pasamos por alto el cansancio con café y la inquietud interior con aún más actividad. No es de extrañar que tantos de nosotros nos agotemos, que la ansiedad y la depresión se conviertan en enfermedades comunes. Es la consecuencia lógica de una vida que se vive contra su propia naturaleza.

Se puede imaginar como un árbol que extiende sus raíces solo en la superficie. Mientras brille el sol y no haya viento, puede que funcione. Pero en cuanto llega la primera tormenta fuerte, no tiene agarre y es arrancado de raíz. Lo mismo nos ocurre a nosotros si no tenemos raíces espirituales profundas.

Un camino antiguo que sostiene

La buena noticia es: no tenemos que inventar este sostén. Ya existe. Es un fundamento que ha perdurado durante milenios. Es un camino que ha demostrado su valía cuando aún no existían los teléfonos inteligentes ni las agendas abarrotadas. Este camino no es una técnica ni un método de autooptimización. Este camino es una persona.

Jesucristo dijo algo que, en su sencillez y profundidad, es desarmante. No es un consejo, sino una afirmación sobre sí mismo. No dijo que mostraba un camino, sino que él era el camino.

Jesús le dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.» (Juan 14:6)

En esta única frase reside todo lo que anhelamos. Un camino para salir de nuestra perdición. Una verdad que se mantiene firme en un mundo lleno de opiniones y mentiras. Y una vida que es más que un mero funcionamiento.

Cómo aprendo a soltar

Emprender este camino significa para mí, sobre todo, una cosa: aprender a soltar el control. Esto no sucede de la noche a la mañana y es una lucha diaria. Significa no empezar el día mirando mi teléfono y mi lista de tareas, sino en silencio. Con una simple oración. Con la admisión de que hoy no puedo hacerlo solo y necesito su ayuda.

Significa no reprimir el miedo cuando surge, sino presentárselo concretamente a Él. Le digo lo que me preocupa, dónde me siento abrumado. Los problemas no desaparecen simplemente por eso. Pero ya no estoy solo con ellos. Una carga indescriptible se quita de mis hombros cuando sé que Él la lleva conmigo.

Este camino no conduce a una vida sin desafíos. Pero conduce a una paz que el mundo no puede dar. Una tranquilidad que no depende de mis circunstancias, sino de su presencia. No es un estado que se alcanza una vez. Es una relación que se vive. Cada día de nuevo. Y esta vida, esta vida real, profunda y sostenida, comienza inmediatamente cuando uno simplemente se aferra a Él y permanece en Él.

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